JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Muy bien: mirad dónde estáis.
Los párpados de aquella permanecieron cerrados, pero su rostro se puso sombrÃo expresando la mayor admiración.
—En el cuarto rojo —murmuró.
—¿Con quién?
—Con vos —añadió estremeciéndose.
—¿Qué tenéis?
—Miedo… vergüenza.
—Pero ¿de qué? ¿No estamos quizá unidos por la simpatÃa?
—SÃ, señor.
—Vos misma, ¿no conocéis la pureza de mis intentos?
—Ay, sÃ, cierto es.
—¿Y que os trato con el respeto que a una hermana? —SÃ, bien lo sé.
Serenóse un instante su rostro, y a poco se entristecÃa otra vez.
—Algo me ocultáis. ¿No me perdonáis todavÃa?
—Aun cuando conozco que no tratáis de causarme mal, veo, sin embargo, que deseáis hacerlo a otros.
—Bien puede ser —dijo Balsamo—; pero no penséis en eso —añadió con imperioso tono.
Andrea recobró su serenidad acostumbrada.
—¿Duermen todos en la casa?
—No lo sé —replicó aquella.