JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La joven, conducida por Balsamo, dio tres pasos hacia atrás y se sentó en un sillón.
—¿Ahora veis? —preguntó el viajero.
Los ojos de Andrea se abrieron más, como si quisieran abrazar todos los luminosos rayos que esparcían en la habitación los divergentes fulgores de las dos bujías.
—No os mando ver con los ojos —agregó Balsamo—, ved por el pecho.
Y al decir esto, sacó una varilla de acero, que ocultaba bajo su chupa bordada, apoyó un extremo sobre el seno palpitante de la joven, que se agitó con tal violencia como si una flecha le hubiera atravesado el corazón y cerró sus ojos.
—Vamos —dijo el viajero—, ¿es cierto que veis? Contestó Andrea con un gesto afirmativo; llevándose al mismo tiempo la mano a su frente en ademán de sufrir agudos dolores.
—¿Sentís algo? —preguntó Balsamo.
—¡Ay…!, sufro mucho.
—¿Cuál es el motivo?
—Que me forzáis a ver y a hablar.
Alzó el viajero entonces sus dos manos sobre la frente de Andrea, disolviendo una porción de fluido próximo a hacerla estallar.
—¿Sufrís todavía? —preguntó.
—No tanto —contestó la joven.