JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Y llamando aparte al cirujano mayor, entretanto que los enfermeros llevaban al pobre Havard a su lecho, le dijo:
—¿Ya habéis oÃdo lo que ha dicho ese infeliz enfermo?
—SÃ, señor, que curarÃa.
—Y a dicho también otra cosa, a saber: que Dios se compadecerÃa de él y le concederÃa con qué poder sostener a su mujer e hijos.
—¿Y bien?
—¡Y bien!, que ha manifestado la verdad en esto como en todo; sed, pues, vos un intermediario de caridad entre vuestro enfermo y Dios: tomad este diamante que valdrá veinte mil libras poco más o menos; una vez que el enfermo esté bueno, vended ese diamante y dadle su importe. En tanto, como el alma, según me manifestaba con mucho juicio vuestro discÃpulo Marat, tiene gran influencia sobre el cuerpo, comunicad a Havard, asà que recobre el conocimiento, que tiene asegurada su suerte futura y la de sus hijos.
—Pero, caballero —dijo el cirujano dudando si tomar la sortija que le daba Balsamo—, ¿y si no sana?
—Sanará.
—En este caso os daré un recibo.
—¡Caballero…!
—Sólo con esta condición admitiré una joya de tanto valor.