JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —De manera —dijo la portera—, que si no hacéis justicia a mi probidad, si no reparáis la injuria que intentáis hacer a mi honra, yo soy quien iré en busca del comisario de policÃa según me aconsejaba hace poco nuestro casero.
Marat se mordió los labios, porque no ignoraba que en aquello existÃa para él un peligro real y efectivo. El casero era un anciano mercader que habÃa dejado el comercio y habitaba el tercer piso, y a creer la crónica escandalosa del barrio, diez años antes tuvo amores con la portera, cocinera en otro tiempo de su mujer.
Ahora bien; como Marat sostenÃa el trato de personas misteriosas; como era un joven poco arreglado; como se ocultaba un tanto; y por último, era algo sospechoso para los agentes de policÃa, no tenÃa muchos deseos de habérselas con el comisario, pues hubiera ido a parar a manos de M. de Sartine, a quien agradaba mucho leer los papeles de jóvenes como Marat, y mandar los autores de esos soberbios escritos a esas casas de meditación llamadas Vincennes, la Bastilla, Charenton y Bicètre.
Marat bajó el tono; pero a medida que él lo bajaba la portera levantaba el suyo, resultando que aquella mujer nerviosa e histérica se enfureció de tal manera, que amenazas, injurias, gritos, lágrimas, todo lo empleó, pudiendo afirmarse que aquello fue una tempestad.