JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Se detiene en la puerta del patio… se esconde tras esa puerta… acecha… espera…
Balsamo preguntó entonces sonriendo:
—¿Es a vos a quien acecha y espera?
—No.
—Entonces podemos estar tranquilos. Cuando una joven está libre de su padre, y de su doncella, nada tiene que temer, a no ser que…
—No —contestó ella.
—¡Ah!, ¡respondéis a mi pensamiento!
—SÃ: porque lo veo.
—¿A nadie amáis, según eso?
—¿Yo? —replicó desdeñosamente la joven.
—Sin duda; creo que no serÃa un absurdo que amaseis a alguien. No habréis salido del convento para vivir encerrada, pues al par que con el cuerpo, se da libertad al corazón.
Andrea movió su cabeza, y repuso tristemente.
—¡Ay!, el corazón está libre.
Fulguró en su semblante una cándida aureola de virginal modestia, hasta el extremo de hacer exclamar a Balsamo con gozo inexplicable, juntando sus manos como dando gracias al cielo:
—¡Una pupila, una somnámbula! Y volviéndose a la joven, repuso: —Si no amáis, no faltará quien os ame.
—No lo sé —contestó la joven dulcemente.