JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Cómo!, ¿que lo ignoráis? —replicó Balsamo con dureza—. Considerad, que cuando pregunto, exijo que se me conteste.
Entonces apoyó de nuevo la extremidad de la varita contra el pecho de la joven.
Volvió esta a estremecerse con la impresión del dolor aunque al parecer menos agudo que antes.
—Ya sÃ, ya veo —exclamó—; pero ¡ay!, tened cuidado, pues de lo contrario me mataréis.
—¿Qué veis? —preguntó Balsamo.
—No… es imposible… —replicó Andrea.
—Contestad, ¿qué veis?
—Un joven que desde que salà del convento me persigue y acecha sin apartar de mà sus ojos, pero siempre se oculta.
—¿Quién es?
—No distingo su rostro, y únicamente su traje: Está vestido al parecer de artesano.
—¿Dónde está?
—Al final de la escalera: sufre… llora…
—¿Por qué no miráis su rostro?
—Porque lo oculta con sus manos.
—Mirad al través de ellas.
Andrea, haciendo un gran esfuerzo, exclamó:
—¡Gilberto! Bien decÃa yo que no podÃa ser.
—¿Por qué motivo?