JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Cualquiera dirá que dudáis de vos mismo, ¿pues qué, el que escribió la Nueva EloÃsa y las Confesiones, no demuestra más talento para hablar y obrar que nosotros todos?
—Os digo, caballero, que no me es posible…
—Los prÃncipes desconocen esa palabra.
—Por eso precisamente me quedaré en mi casa.
—Señor Rousseau, creo que al temerario mensajero que se encarga de satisfacer los deseos de la señora delfina, no le causaréis el disgusto mortal de tener que volverse a Versalles avergonzado y vencido; esto lo sentirÃa tanto que se desterrarÃa en el acto. Vamos, querido Rousseau, haced por mÃ, por un hombre que admira todas vuestras obras, lo que vuestro gran corazón negarÃa a reyes que os lo pidiesen.
—Vuestra extremada delicadeza me encanta, caballero; vuestra elocuencia es irresistible, y tenéis una voz que me conmueve demasiado.
—¿Es decir, que os ablandáis?
—No, no puedo… imposible; mi salud me impide emprender un viaje.
—¡Un viaje! Estáis en un error, señor Rousseau, pues en carruaje se llega en hora y cuarto.
—Para vos, que tenéis caballos magnÃficos, sÃ.