JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Y qué puede importarle a un hombre de genio la risa de los necios? Si tenéis esa debilidad, señor Rousseau, escondedla, porque ella sola harÃa reÃr a no pocos. En cuanto a lo que os digan, me confesaréis que no debe uno pensar en eso cuando se trata de complacer a una dama como Su Alteza Real la señora delfina, heredera presunta de la corona de Francia.
—¡Oh!, sà —dijo Rousseau.
—¿Será acaso —dije M. de Cogny sonriéndose—, que teméis humanizaros porque habéis tratado con dureza a los reyes? ¡Ah!, señor de Rousseau, habéis dado lecciones al género humano, y supongo que no le aborreceréis… Por otra parte, ¿no exceptuáis de vuestro odio, caso de que lo tengáis, a una dama que es de la sangre imperial?
—Caballero, me instáis con mucha gracia, pero reflexionad cuál es mi posición; yo vivo apartado, solo y sufriendo mis achaques.
Teresa hizo un gesto, y murmuró:
—¡Sus achaques…! ¡Vaya si es descontentadizo el señor!
—Por más que haga, siempre aparecerá en mi rostro y modales una huella desagradable a los ojos del rey y las princesas, que sólo buscan la alegrÃa y el placer. ¿Qué dirÃa a esto?… ¿Qué harÃa?