JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Esa compañÃa es más ilustre que la otra; pero precisa que el maestro la dé sus consejos, porque es necesario que la ejecución sea digna del augusto espectador que ocupe el palco regio, y del ilustre autor de la obra.
Rousseau se levantó para saludar, porque aquel cumplimiento le habÃa interesado muchÃsimo; saludó, pues, a M. de Cogny con bastante gracia.
—Por lo tanto —añadió el gentilhombre—, os suplica Su Alteza Real que tengáis la bondad de ir a Trianón para dirigir el ensayo general de la ópera.
—¡Oh! —dijo Rousseau—, Su Alteza Real no lo ha meditado bien… ¡Yo ir a Trianón!
—¿Por qué no? —preguntó M. de Cogny con el aire más natural del mundo.
—Caballero —dijo Rousseau—, vos sois hombre de gusto y de talento; vos tenéis mejor tacto que otros; ahora bien, contestadme con la mano puesta sobre el corazón: Rousseau el filósofo, Rousseau el proscrito, Rousseau el misántropo en la corte, ¿no es para provocar la risa de cuantos le vean y lo sepan?