JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Verdad, caballero —respondió Rousseau sonriéndose—; pero los que somos viejos tenemos el privilegio de que nos rueguen las mujeres bonitas.
—Señor Rousseau, tened la bondad de indicarme a qué hora queréis os mande mi carroza, o más bien, yo vendré por vos para acompañaros.
—A eso no cedo, caballero —dijo Rousseau—. Iré a Trianón; pero permitidme que vaya a mi gusto y como se me antoje; desde este instante no volváis a ocuparos de mÃ, decidme la hora y esto basta.
—¡Cómo! ¿No queréis que sea vuestro introductor? Es verdad que no soy digno de tamaña honra, y que un nombre como el vuestro se anuncia bien por sà solo.
—Caballero, sé que sois en palacio más que yo en ningún sitio del mundo, y por tanto no rehúso vuestra oferta por lo que atañe a vuestra persona, sino porque deseo obrar a mis anchas; quiero ir a Trianón como si fuese a paseo, y, en fin… tal es mi voluntad.
—Obedezco, pues, y me guardarÃa muy bien de desagradaros por nada de este mundo. El ensayo es esta tarde a las seis.
—Pues bien, a las seis menos cuarto me hallaré en Trianón.
—¿Y cómo?
—Eso es cosa mÃa; he aquà mis carruajes.
Y mostró la pierna bien formada todavÃa, y que calzaba con una especie de pretensión.