JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Pero vais a andar cinco leguas? —añadió M. de Cogny asombrado—; pensad que os vais a estropear, y pasar una mala noche.
—Es que también poseo carruaje y caballos; carruaje fraternal, carroza popular, que lo mismo es del vecino que mÃa, como el aire, el sol y el agua; carruaje que cuesta quince sueldos.
—¡Oh!, ¡el patache! ¡Me horrorizo al pensarlo!
—Las banquetas que a vos os parecen tan incómodas, son para mà un lecho de sibarita.
M. de Cogny notó que le echaban, y después de repetir las gracias, bajó la escalera, acompañado de Teresa hasta la puerta, y de Rousseau hasta la meseta.
M. de Cogny entró en su coche, que le aguardaba en la calle, y regresó a Versalles, sonriéndose allá para sÃ.
Teresa cerró la puerta con un humor de todos los diablos, lo cual hizo presagiar a Rousseau la tempestad que se preparaba.