JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Y continuó excitándole unas veces por medio de la coquetería, otras procurando convencerle, y otras violentándole con sus chanzonetas; pero Rousseau la conocía, veía el lazo, y tenía la evidencia de que así que cediese se mofaría de él despiadadamente Teresa. No quiso, pues, ceder, y se abstuvo de mirar las bonitas prendas que realzaban lo que él llamaba su buen aspecto natural.

Teresa estaba espiándole, pues aún le quedaba un recurso, cual era la ojeada que nunca dejaba de echar Rousseau al espejo al tiempo de salir, porque el filósofo era curioso hasta rayar en exceso.

Empero Rousseau continuó a la defensiva, y sorprendiendo la ansiosa mirada de Teresa, volvió la espalda al espejo. Cuando llegó la hora, ya había rumiado el filósofo en su pensamiento todo lo desagradablemente sentencioso que se podía decir a un rey.

En tanto que se ponía las hebillas de los zapatos, recitó algunos trozos allá para sí, y acto seguido se metió el sombrero debajo del brazo, cogió el bastón, y aprovechándose de un instante en que Teresa no podía verle estiró la chupa y la casaca con ambas manos.

Teresa volvió a entrar y le dio un pañuelo que él metió en su ancha faltriquera, acompañándole después hasta la meseta, donde le dijo:

—Vamos, Jacobo, sé juicioso; así estás atroz, te pareces a un monedero falso.


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