JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Adiós —contestó Rousseau.
—Cuidado, caballero —dijo Teresa—, que os pueden equivocar con un ratero.
—Ten tú cuidado con la lumbre —replicó Rousseau—, y no toques a mis papeles.
—Os aseguro que os semejáis a un policÃaco.
Rousseau nada dijo; bajó la escalera, y aprovechándose de lo oscura que estaba, cepilló el sombrero con la manga, sacudió la pechera de la camisa, y se adornó rápidamente, pero con inteligencia.
Cuando llegó abajo, arrostró el barro de la calle de la Plastrière, pero sobre la punta de los pies, y se encaminó a los Campos ElÃseos, donde estaban situados esos honrados carricoches a que llamaremos pataches por purismo, y que llevaban o más bien molÃan, aún hace diez años, de ParÃs a Versalles a los viajeros que necesitaban economizar.