JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Rousseau con la boca abierta y absorto no respondió.
—Lo hacemos mal —dijo la delfina—, y el señor Rousseau no se atreve a decirlo. Yo os lo ruego, señor Rousseau.
Rousseau no dejaba de contemplar a la linda aldeana, que no habÃa advertido la atención de que era objeto.
—¡Ah! —prosiguió la delfina siguiendo la dirección de las miradas de nuestro filósofo—, la señorita de Taverney es la que ha dado una nota en falso.
Andrea se ruborizó, y todos volvieron hacia ella la vista.
—¡No, no! —exclamó Rousseau—; al contrario, canta como un ruiseñor.
La du Barry lanzó al filósofo una ojeada más aguda que un venablo.
En cambio, el barón de Taverney sintió inundado de júbilo su corazón, y dirigió a Rousseau una encantadora sonrisa.
—¿Pensáis que esa joven canta bien? —preguntó la du Barry al rey, a quien las palabras de Rousseau habÃan producido una impresión visible para todos.
—No lo entiendo —dijo Luis XV— para eso se necesita ser músico.
Mientras Rousseau se agitaba en su orquesta para hacer que cantasen el coro: