JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ah!, pillo —exclamó M. de Richelieu cepillándose la manga que se ensució con la resistencia que hizo la puerta, y, especialmente, al ver que el curioso estaba vestido como los trabajadores de palacio.
En efecto, era un jardinero, que con un canasto de flores debajo del brazo, habÃa logrado izarse detrás de la vidriera, y fijar la vista en la sala, presenciando desde allà toda la función.
Rechazado hacia el corredor, estuvo en poco que no cayese de espaldas; pero si no cayó, derribó el canasto.
—¡Ah!, ya conozco a ese pÃcaro —dijo Taverney mirándole enojado.
—¿Quién es? —preguntó el duque.
—¿Qué haces aquÃ, tunante? —dijo Taverney.
Gilberto, pues ya habrá supuesto el lector que era él, respondió con orgullo:
—Ya lo veis, mirar.
—En vez de ocuparte en tu faena —dijo Richelieu.
—Ya la he terminado —contestó Gilberto al duque en tono humilde, sin dignarse siquiera mirar a Taverney.
—Es mucho que en todas partes he de hallar a este holgazán —dijo el barón.