JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Poco a poco, caballero —interrumpió una voz con dulzura—; mi Gilberto es un buen trabajador, y un botánico muy aplicado.
Taverney se volvió y vio a M. de Jussieu que tomaba la cara a Gilberto, lo cual le enfureció, diciendo al tiempo de alejarse:
—¡Los criados, aquÃ!
—¡Silencio! —repuso Richelieu—, que también está ahà Nicolasa; mira hacia el rincón de aquella puerta… Desde allà no pierde la pÃcara ni una ojeada.
En efecto; Nicolasa estaba detrás de otras veinte criadas de Trianón, levantando por encima de ellas su linda cabeza, y parecÃa que sus ojos, dilatados por la sorpresa y el asombro, todo lo querÃan devorar.
Gilberto la divisó y echó por otro lado.
—Ven, ven —dijo el duque a Taverney—, me parece que el rey desea hablarte.
Y los dos amigos se alejaron en dirección al palco regio.
La du Barry, de pie, contemplaba a M. de Aiguillon, que también se encontraba de pie, y este no perdÃa de vista ningún movimiento de su tÃo.
Rousseau, que se habÃa quedado solo, admiraba a Andrea, estando ocupado, si se nos permite que empleemos esta expresión, en enamorarse de ella.