JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El rey hizo entonces una seña a Richelieu, y le dijo:
—Deseo hablaros de cierto asunto que os interesa.
—Señor…
—Estoy disgustado… y necesito que me expliquéis… Mirad, puesto que ceno solo, me haréis compañÃa.
Y a todo esto miraba el monarca a Taverney.
—Duque, ¿es cierto que no conocéis a ese caballero?
—¿Al señor de Taverney? SÃ, le conozco, señor.
—¡Ah!, es el padre de la bella cantante.
—SÃ, señor.
—OÃdme, duque.
El rey se bajó para hablar al oÃdo de Richelieu.
Taverney se clavó las uñas en la piel para disimular su emoción.
Al cabo de un momento, Richelieu pasó por delante de él, y le dijo:
—SÃgueme sin que lo adviertan.
—¿Adónde? —dijo Taverney con el mismo disimulo.
—Ven y lo veras.
El duque se fue, y Taverney le siguió a distancia de veinte pasos, hasta las habitaciones del rey.