JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Asà pues —continuó diciendo Richelieu—, puede estar tranquila la virtud de tu hija; voy a hacer a Su Majestad las objeciones necesarias, y el rey no volverá a acordarse de vosotros para nada.
—Y para qué se ha de acordar, ¡por Dios! —exclamó Taverney poniéndose pálido y agitando el brazo de su amigo.
—Para hacer un obsequio a la señorita Andrea, mi querido barón.
—¡Un obsequio…!, ¿y qué es? —dijo Taverney lleno de codicia y esperanza.
—¡Oh!, una bagatela —dijo el mariscal afectando indiferencia—, esto, mÃralo…
Y sacó el estuche de debajo del paño de seda.
—¡Un estuche!
—Una bagatela… un collar que valdrá algunos miles de libras, y que Su Majestad satisfecho de haberla oÃdo cantar su canción favorita, quisiera aceptara la cantante. Esto está muy en el orden; mas puesto que tu hija se espanta, no hablemos más de ello.
—Pero considera, duque, que eso serÃa ofender al rey.
—Es indudable que serÃa ofenderle, ¿pero no es propio acaso de la virtud ofender siempre a alguna cosa o persona?
—No pienses, duque —dijo Taverney—, que la niña es tan irracional como todo eso.