JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Entonces eres tú y no la niña quién habla?
—¡Oh!, pero yo sé muy bien lo que hará y dirá.
—¡Qué felices son los chinos! —dijo Richelieu.
—¿Por qué? —preguntó Taverney asombrado.
—Porque en su paÃs hay muchos canales y rÃos.
—Duque, veo que varÃas de conversación; no hagas que me desespere y háblame.
—Ya te hablo barón, y no mudo de conversación.
—¿Entonces por qué me hablas de los chinos, ni qué relación guardan sus rÃos con mi hija?
—¡Vaya si la guardan…! Te decÃa que los chinos tienen la dicha de poder ahogar sin que nadie les diga nada a las hijas que son sumamente virtuosas.
—Pero, querido —dijo Taverney—, es necesario ser justos. Figúrate que tienes una hija.
—Pues no la tengo; ¡voto al diablo…! Y si alguno viene a decirme que es en extremo virtuosa, ese será un pÃcaro.
—¿Es decir que te agradarÃa más que fuese tu hija otra cosa?
—¡Oh!, yo no me cuido de mis hijos asà que cumplen ocho años.
—Pues escúchame a lo menos. Si el rey me encargase que fuese a ofrecer un collar a tu hija, y si tu hija se quejase a ti ¿qué harÃas?