JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Ya se ve que lo ignoras. Mira, querido, cuando un rey hace un regalo a una mujer, y encarga esta comisión a Richelieu, el regalo es noble y la comisión está bien dada, tenlo entendido… Yo no entrego cofres, querido, pues eso es el cargo de M. Lebel. ¿No conociste a M. Lebel?
—¿Y a quién confÃas la misión?
—Amigo —dijo Richelieu dando una palmadita en el hombro a Taverney y acompañando aquella manifestación amistosa con una sonrisa diabólica—, cuando tengo que tratar con una virtud tan admirable como la de la señorita Andrea, soy moral como nadie; cuando me acerco a una paloma, como tú dices, nada hay en mà que denuncie al gavilán; cuando se me envÃa cerca de una señorita, hablo con su padre… Te hablo, pues, Taverney, y te confÃo el cofre para que lo entregues a tu hija… Quieres…
Y alargó el cofrecito.
—¿O no quieres?
Y retiró la mano.
—¡Oh! —repuso el barón—, dilo de una vez; di que a mà es a quien encarga Su Majestad entregue ese regalo: entonces es una cosa absolutamente paternal, y tiene otro viso.