JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Para eso era necesario que sospechases de las intenciones de Su Majestad —dijo Richelieu en tono grave—, y creo que no te atreverÃas a ello, ¿no es cierto?
—¡Dios me libre pero el mundo… es decir, mi hija…!
Richelieu encogióse de hombros.
—¿Lo tomas o no? —dijo.
El barón alargó precipitadamente la mano.
—¿Es verdad que esto es moral? —dijo el barón con una sonrisa, prima hermana de la que Richelieu le habÃa dirigido.
—¿No te parece, barón —dijo el mariscal—, que es de una moralidad muy pura hacer que el padre intervenga, el padre que todo lo purifica, entre el encanto del monarca y los hechizos de la hija? Que el filósofo M. de Rousseau que rondaba hace poco por ahà nos juzgue, y te dirá que San José era impuro comparado conmigo.
Richelieu pronunció estas pocas palabras con una parsimonia, una nobleza, y una afectación, que impusieron silencio a las observaciones de Taverney, y le hicieron creer que debÃa hallarse convencido.
Cogió, pues, la mano de su ilustre amigo, y estrechándosela, le dijo:
—Gracias a tu delicadeza mi hija podrá recibir este regalo.