JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Efectivamente, la marcha de Felipe, es decir, de un oficial para su regimiento, no era una catástrofe tan grande que impulsara a derramar tantas lágrimas.
Andrea comprendió, pues, al mismo tiempo que el sentimiento de Felipe, la sorpresa de Nicolasa; cogió una manteleta, se la hecho en los hombros, y llevando a su hermano hacia la escalera, le dijo:
—Ven hasta la verja del parque, Felipe, y te llevaré a la calle cubierta, porque necesito contarte muchas cosas, hermano.
Conociendo Nicolasa que esto era mandarle que se fuese se escabulló a lo largo de la pared y entró en el cuarto de su ama, en tanto que esta bajaba la escalera con Felipe.
Andrea bajó la grada que se extiende a lo largo de la capilla y salió por el pasillo, que aún en el dÃa va a parar al jardÃn; pero aunque Felipe le preguntaba a cada momento con su inquieta mirada, ella se mantuvo largo tiempo colgada de su brazo, apoyando la cabeza en el hombro sin articular una palabra.
Y desahogó su corazón derramando un raudal de lágrimas.
—Querida hermana, mi buena Andrea —exclamó Felipe—, dime por Dios qué es lo que sucede.