JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Amigo mÃo, mi único amigo —dijo Andrea—, me dejas en medio del mundo en que he entrado ayer, y me preguntas por qué lloro. Este mundo, esta luz me espanta más que la tranquila oscuridad de nuestro viejo castillo.
—Y sin embargo, allÃ, querida hermana —dijo Felipe con voz triste—, también te encontrabas sola; tampoco estaba yo a tu lado para consolarte.
—SÃ, pero a lo menos estaba sola, sola con mis recuerdos infantiles; me figuraba que aquella casa en que habÃa vivido, en que habÃa respirado, en que habÃa muerto mi madre, me debÃa otorgar la protección natal, si asà puede decirse; allà todo era dulce para mÃ, amigo mÃo, viéndote partir con calma y regresar con alegrÃa. Empero, ya partieses, ya volvieras, mi corazón no era por completo tuyo, pues se interesaba en aquella casa querida, en mis jardines, en mis flores, y tú formabas únicamente una parte del todo; en vez de que hoy lo eres todo, Felipe, y cuando me abandonas me quedo sin nada.
—Y sin embargo, Andrea —dijo Felipe—, hoy cuentas con una protección mucho más poderosa que la mÃa.
—Es cierto.
—Y tienes un porvenir brillante…
—¿Quién sabe…?
—¿Por qué lo pones en duda?