JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No lo sé.
—Eso es ser ingrata para con Dios, hermana.
—¡Oh!, no, gracias al cielo, no soy ingrata para el Señor, y por la mañana y tarde le envÃo un millón de gracias; pero me parece que en vez de recibirlas, cada vez que me pongo de rodillas oigo una voz que me dice: «¡Ten cuidado, joven, ten cuidado!».
—¡Pero di de qué! Convengo contigo en que te amenaza una desgracia; pero ¿presientes cual sea? ¿Sabes lo que se ha de hacer para contrarrestarla o evitarla?
—Nada sé, Felipe, sino que, ya lo ves, se me figura que mi vida depende de un hilo, y que para mà no va a lucir un momento de descanso desde que te alejes. Se me figura, en resumen, que estando durmiendo me han empujado hacia la pendiente de un precipicio extremadamente rápido para que me detenga en él al despertar; que despierto; que veo el abismo; que me arrastran a él; y que hallándote tú ausente, no estando aquà para detenerme, voy a desaparecer en él y a estrellarme.
—Hermana mÃa, mi buena Andrea —dijo Felipe a quien impresionó aquel acento—. SÃ, pierdes un amigo pero momentáneamente; no estaré tan lejos que no puedas llamarme en caso preciso; además, piensa que, a excepción de tus quimeras, ninguna cosa te amenaza.
Andrea se paró delante de su hermano, y dijo: