JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pues entonces, Felipe, tú que eres hombre, tú que tienes más fuerza que yo, ¿por qué estás tan triste como yo en este mismo instante? Vamos, hermano, ¿cómo explicas esto?
—Sencillamente, querida hermana —dijo Felipe conteniendo a Andrea que volvÃa a andar de nuevo—, nosotros no somos únicamente hermanos de alma y sangre, sino también en los sentimientos: de suerte que entre nosotros reinaba una inteligencia que, para mà sobre todo, se ha convertido desde nuestra estancia en ParÃs en un hábito muy dulce. Ahora rompo estos lazos, querida amiga, o más bien, los rompen, y el golpe se hace sentir hasta mi corazón. Estoy, pues, triste por el momento, y yo, Andrea, yo me anticipo a nuestra separación, y no creo en una desgracia, sino en que no nos veremos durante algunos meses, durante un año tal vez, pero me resigno y no te digo adiós, sino hasta la vista.
A estas consoladoras palabras Andrea no pudo responder más que con lágrimas.
—Querida hermana —exclamó Felipe al ver la expresión de aquella tristeza que creÃa incomprensible—, tú no me lo has dicho todo y me ocultas algo: habla, en nombre del cielo, habla.
Y acercándola a sà intentó leer en sus ojos.
—No, no, Felipe, te lo juro; todo lo sabes, porque te he abierto de par en par mi corazón.
—Pues ten valor y no me aflijas de ese modo.