JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es cierto, veo que soy una loca. Escucha: nunca he tenido mucha fortaleza de ánimo; mejor lo sabes tú que nadie, Felipe; siempre he temido, siempre he soñado, siempre he estado suspirando; pero no tengo razón para asociar a mis dolorosas quimeras a un hermano a quien profeso tanta ternura, especialmente cuando me tranquiliza y me demuestra que hago mal en alarmarme. Tienes razón, Felipe, es cierto, muy cierto, aquà nada me falta. Perdóname, pues, Felipe; ya ves que me seco las lágrimas, y que en vez de llorar me sonrÃo. Hasta la vista, pues, Felipe, y no adiós.
Y abrazándole Andrea dejó caer una lágrima que rodó como una perla sobre la charretera de oro del gallardo oficial.
El joven la contempló con esa ternura suprema, propia al mismo tiempo de un padre y de un hermano.
—Asà te quiero. Parto; pero todas las semanas te traerá el correo una carta; haz también, yo te lo suplico, que llegue a mi poder una tuya.
—SÃ, Felipe —dijo Andrea—, sÃ, y esa será mi única alegrÃa. ¿Pero has avisado a papá?
—¿El qué?
—Que te marchas.