JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Hermana mÃa, el barón, por el contrario, ha sido quien me entregó esta mañana la orden del ministro. El señor de Taverney no es como tú, Andrea, y a lo que parece se pasará fácilmente sin mÃ: cualquiera dirÃa que se alegra de que me marche, y en efecto, tiene razón, pues aquà no adelantaré, mientras que en el regimiento, quizá, se presente alguna buena ocasión.
—¿Papá se alegra de que te marches? —murmuró Andrea—; ¿no te equivocas, Felipe?
—Él te consolará —dijo Felipe sin contestar.
—¿Lo eres asÃ, hermano mÃo? ¡Pues si jamás me ve!
—Me ha encargado te diga que hoy mismo, después que yo me vaya, vendrá a Trianón. Te ama, créelo; sólo que ama allá a su modo.
—¿Qué te sucede, Felipe? Estás como cortado.
—Querida Andrea, ha dado el reloj; ¿qué hora es?
—La una menos cuarto.
—Pues bien, querida hermana, estoy azorado porque ya hace una hora que debÃa haberme puesto en camino, y veo mi caballo junto a la verja. AsÃ, pues…
Andrea se armó de valor, y apoderándose de la mano de Felipe, le dijo con un acento bastante firme, para que no hubiese afectación en su voz:
—Adiós, hermano.