JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Hasta la vista! —replicó el mancebo—, ¡acuérdate de tu promesa!
—¿Cuál?
—De que habrás de escribirme todas las semanas.
—¡Oh! ¡Y me lo pides!
Para pronunciar estas palabras hizo un esfuerzo supremo, pues ya le faltaba la voz a la pobre niña.
Felipe volvió a saludarla con un gesto, y se alejó.
Ella le siguió con la vista, conteniendo el aliento para no suspirar.
Después de montar a caballo Felipe, volvió a decirle adiós del otro lado de la verja, y salió a galope.
Cuando Felipe se hubo alejado, se volvió Andrea y corriendo como una corza herida hacia los árboles, divisó un banco y sólo tuvo fuerzas para llegar a él y caer encima sin pulso, lánguida y casi sin vista.
Enseguida, exhalando de lo más profundo del pecho un gemido prolongado y desgarrador, exclamó:
—¡Oh! Dios mÃo, ¿por qué me dejáis sola en el mundo?
Y ocultó el rostro entre las manos, dejando escapar entre sus blancos dedos dos lágrimas que no podÃa reprimir.