JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¿Y yo soy quizá una mujer para el señor Gilberto? —replicó la altanera joven—. Yo no solicito el interés de nadie, y con menos motivo el del señor Gilberto.

—Señorita —dijo Gilberto moviendo la cabeza—, no hacéis bien en tratarme con tanta rudeza; os he visto triste, y me he afligido; he oído que decíais que marchándose el señorito Felipe os dejaba sola en el mundo, y yo os digo que no, señorita, porque aquí estoy yo, y jamás encontraréis un cariño como el mío. Lo vuelvo a decir, la señorita de Taverney jamás quedará sola en el mundo, mientras mi cabeza pueda pensar, mientras lata mi corazón y pueda extenderse mi brazo.

Aunque al decir estas palabras lo verificó Gilberto con toda la sencillez que exigía un respeto verdadero, el vigor, la nobleza y el cariño dieron belleza a su rostro.

Pero se hallaba escrito que todo cuanto hiciese y dijera el pobre mozo había de disgustar a Andrea, ofenderla y enfadarla hasta el extremo de contestar agriamente, como si cada una de sus respetuosas expresiones constituyesen un insulto, y cada una de sus súplicas una provocación. Al principio intentó levantarse para ver de hallar un gesto más duro, o una palabra más fuerte; pero un estremecimiento nervioso la retuvo en su banco.


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