JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Quisierais saberlo? —preguntó en tono melancólico Gilberto, comprendiendo que bajo aquella apariencia de interés se ocultaba la ironÃa.
—SÃ.
—Pues bien; lo que me pone triste es veros sufrir, señorita —replicó Gilberto.
—¿Y quién os ha dicho que yo sufro?
—Yo que lo veo.
—Estáis equivocado, yo no padezco —dijo Andrea volviendo a pasarse el pañuelo por la cara.
Gilberto comprendió que amagaba tormenta, y resolvió alejarla con su humildad.
—Perdonadme, señorita —dijo—, pero os he oÃdo quejar.
—¡Ah! ¿Os hallabais escuchando?
—Señorita —dijo Gilberto tartamudeando, porque sentÃa tener que decir la verdad—, se debe a la casualidad.
—¡A la casualidad!, mucho siento, señor Gilberto, que la casualidad os haya conducido a mi lado; pero ¿por qué os entristecen mis quejas?
—Porque no puedo ver llorando a una mujer —dijo Gilberto con un tono que disgustó soberanamente a Andrea.