JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Gilberto acababa de mostrarse tal como era; esto es, salvaje, sencillo y sublime, así en su decisión como en su amor; por manera que Andrea, a pesar de su desprecio, no pudo contemplarlo sin asombro, y él creyó por un instante que su relato era tan irresistible como la verdad y el amor; pero el pobre Gilberto no contaba con la incredulidad, que viene a ser mala fe en el que aborrece. Efectivamente, Andrea, que odiaba a Gilberto, no se dejó llevar de ninguno de los convincentes argumentos de aquel amante desdeñado.

Al principio no contestó; lo que hizo fue mirar a Gilberto, y en su ánimo pasaba algo semejante a un combate.

Así, no satisfecho con aquel silencio tan frío, el joven se vio obligado a añadir a manera de peroración.

—Ahora, señorita, no me aborrezcáis tanto como lo hacéis, puesto que sería no tan sólo injusto, sino ingrato, como os lo decía no hace mucho, y os lo repito.

Pero Andrea alzó su altanera cabeza al oír esto, y con el tono más cruel, a fuerza de ser indiferente, dijo:

—Señor Gilberto, ¿cuánto tiempo estuvisteis de aprendiz en casa de Rousseau?


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