JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Balsamo puso el rizo en la mano de Andrea, y la dijo:
—Ved.
—¡Otra vez! —exclamó la joven con la mayor angustia—. ¡Ay, por Dios, dejadme descansar, sufro mucho! ¡Qué bien me hallaba ahora poco, Dios mÃo!
—Ved —repuso Balsamo, apoyando sin piedad la extremidad de su vara de acero en el pecho de la joven.
Esta torció convulsivamente sus manos, intentando evadirse de la tiranÃa que experimentaba. Sus labios se llenaron de espuma, como ocurrió en otro tiempo a la sacerdotista de Apolo, sentada sobre el trÃpode sagrado.
—¡Jesús!, ya veo, ya veo —exclamó con la desesperación de su voluntad abatida.
—¿Qué veis?
—Una mujer.
—Bueno —exclamó Balsamo con salvaje alegrÃa—; la ciencia no es una palabra vana como la virtud; Mesmer venció a Bruto. Veamos: describidme esta mujer para que yo conozca si os habéis equivocado.
—Alta y morena, ojos negros, brazos robustos…
—¿Qué hace?
—Corre, vuela y huye en un hermoso caballo cubierto de sudor.
—¿Hacia dónde va?