JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡El corazón!, ¡ay, querido!, tú sólo puedes juzgar de la ternura que hay en el corazón de esta señorita. Si tuviera veinte años colocaba a sus pies mi vida y mi fortuna.
Andrea, confundida, sólo respondió con un murmullo sin significación.
—Señorita —dijo Richelieu—, el Rey os ruega le permitáis daros una prueba de su satisfacción, y ha mandado al señor barón, vuestro padre, desempeñe esta comisión. ¿Qué diré a Su Majestad de parte vuestra?
—Caballero —contestó Andrea, que no vio en el paso que iba a dar sino el respeto que todo súbdito debe a su rey—: Haced el favor de decir a Su Majestad que no puede ser más profunda mi gratitud. Manifestad también a Su Majestad que me honra demasiado con ocuparse de mí, y que no soy digna de que un monarca tan poderoso fije en mí la atención.
A Richelieu llenó de entusiasmo al parecer esta respuesta, que la joven pronunció con voz firme y sin ninguna indecisión.
Y besándola con respeto la mano dijo:
—Mano de reina, pie de hada… talento, voluntad, candor… ¡Ah!, barón, ¡qué tesoro…! No posees una hija, sino una reina.