JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Y después de esto se despidió, dejando a Taverney con Andrea, a Taverney, que, sin darse cuenta, se había inflado de orgullo y esperanza.

Si alguien hubiese visto a aquel antiguo filósofo en teoría, a aquel escéptico, a aquel desdeñoso, aspirar con gusto el aire de favor, nada menos que en una sentina, habría creído que Dios había amansado con él mismo el entendimiento y el corazón de Taverney.

Quedó, pues, con Andrea, sentado en su sillón, y algo embarazado, porque la joven, con su inagotable tranquilidad, le atravesaba con sus miradas tan profundas como el mar en su más hondo abismo.

—M. de Richelieu ha manifestado que Su Majestad os ha encargado me deis una prueba de su satisfacción. ¿Queréis decirme qué prueba es?

—¡Ah! —dijo para sí Taverney—, ¿es interesada? Nunca lo hubiera presumido. Tanto mejor, Satanás, tanto mejor.

Sacó con lentitud de la faltriquera el cofrecito que el mariscal le dio la víspera, pareciéndose a esos papas que sacan un cucurucho de bombones o un juguete que los ojos del niño arrancan del bolsillo sin dejar que las manos hayan obrado.

—Mírala —dijo.

—¡Joyas! —exclamó Andrea.

—¿Te agradan?


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