JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Arregló su traje y se encaminó hacia la escalera, después de responder con otro campanillazo al de Lorenza.
Pero, según lo acostumbraba, Balsamo se paró en la habitación contigua a la de la joven, y volviéndose con los brazos cruzados al lado donde suponía debía estar, le ordenó que se durmiese, con esa fuerza de voluntad que no conoce obstáculos.
Después miró por una rendija casi imperceptible del entarimado de madera, como si dudase de sí mismo, o creyese preciso redoblar las precauciones.
Lorenza estaba medio dormida sobre un canapé, donde sin duda fue a apoyarse bajo el poder del que así la dominaba, y ni un pintor hubiera conseguido darle una actitud más poética. Atormentada y jadeando bajo el peso del rápido fluido que Balsamo le había mandado, Lorenza se parecía a una de esas bellas Adrianas de Vanloo, cuyo pecho se levanta, cuyo cuerpo se estremece con suavidad, y cuya cabeza revela desesperación o cansancio.
Balsamo entró, pues, por donde acostumbraba y se detuvo delante de ella para contemplarla; pero al momento la despertó porque estaba demasiado peligrosa de aquel modo.