JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No vale la pena de consultar a Lorenza por tan poca cosa; además, ¿no sé yo adivinar también? La letra es larga, y esto es señal de aristocracia; irregular y temblona, prueba de que la ha hecho un viejo, llena de faltas de ortografÃa, seguramente es de un cortesano… ¡Tonto de mÃ!, ¡pues si es el duque de Richelieu! Sin duda que os consagraré media hora, señor duque; y una también y hasta un dÃa. Mi tiempo es vuestro y podéis disponer de él. ¿No sois vos, sin conoceros, uno de mis agentes misteriosos, uno de mis demonios familiares? ¿No proseguimos una misma obra? ¿No conmovemos la monarquÃa con igual empeño siendo vos el alma de ella y yo su enemigo…? Os espero, pues, señor duque, os espero.
Y Balsamo sacó el reloj para ver cuánto tiempo tenÃa que aguardar todavÃa al duque.
En aquel momento sonó una campanilla en la cornisa del cielo raso.
—¿Qué ocurrirá? —dijo Balsamo estremeciéndose—, Lorenza me llama, Lorenza quiere verme. ¿Le habrá sucedido algo o bien será uno de esos cambios de carácter de que frecuentemente he sido testigo y aun vÃctima algunas veces? Ayer estaba muy pensativa, resignada y tranquila; ¡pobre niña!, asà es como deseo verla. Vamos allá.