JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Y añadió alzando la voz con una sonrisa llena de amor:
—Habla pronto, Lorenza mÃa.
—Caballero —dijo esta—, no ignoráis que me muero de tristeza y fastidio.
Balsamo inclinó la cabeza exhalando un suspiro en señal de asentimiento.
—Mi juventud —siguió Lorenza—, se va consumiendo; mis dÃas son un prolongado gemido, y mis noches un terror continuo, envejeciendo en la soledad y angustia.
—Tú has preferido esa vida, Lorenza —dijo Balsamo—, y de mà no ha dependido el que en vez de ser tan triste como lo es, sea tan feliz como la de una reina.
—Conforme; y por eso yo soy como veis, la que me aproximo a vos.
—Gracias, Lorenza.
—Varias veces me habéis dicho que sois buen cristiano aunque…
—Crees que mi alma está perdida, ¿no es asà Lorenza?
—No os fijéis, caballero, en lo que vaya a decir, ni hagáis deducciones, os lo ruego.
—Prosigue.