JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pues bien, en vez de dejarme aquà abismada en la rabia y en la desesperación, concededme, ya que para nada os soy útil…
Al llegar aquà se detuvo para mirar a Balsamo; pero ya tenÃa recobrado este el imperio que tenÃa sobre sà propio y Lorenza sólo halló una mirada frÃa y un entrecejo arrugado.
Al ver aquellos ojos que amenazaban se animó y continuó de esta manera.
—Concededme, no la libertad, porque sé que Dios, o por mejor decir, vuestra voluntad que considero omnipotente, me tiene condenada a vivir siempre cautiva; pero que vea rostros humanos, que oiga el timbre de otra voz que no sea la vuestra, que ande, en fin, que salga, que dé pruebas de que vivo.
—HabÃa previsto ese deseo, Lorenza —dijo Balsamo tomándole la mano—, y ya sabes que ese es también mi deseo hace bastante tiempo.
—¡Entonces…! —exclamó Lorenza.