JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Yo sólo ofrezco lo que puedo cumplir —dijo Lorenza—, y ni el amor ni el odio dependen de nosotros. ConfÃo en Dios que en cambio de esos favores de vuestra parte se disipará en mà el odio y nacerá el amor.
—Por desgracia no basta tal promesa para que me fÃe de ti, Lorenza, y es que es necesario un juramento que te ligue en este mundo y en el otro, que te acarree la muerte en este, y una condenación en el otro.
Lorenza guardó silencio.
—¿Prestarás ese juramento?
Lorenza dejó caer la cabeza entre sus manos, y su pecho se elevó bajo la presión de sentimientos contrarios entre sÃ.
—Presta ese juramento, Lorenza, como yo te lo dicte y con la solemnidad que requiere, y quedarás libre.
—¿Qué he de jurar, caballero?
—Jura que jamás, y bajo ningún pretexto, saldrá de tu boca lo que has averiguado acerca del saber de Althotas.
—Lo juraré.
—Jura que nada de lo que has sorprendido acerca de nuestras reuniones polÃticas será divulgado por ti jamás.
—Lo juraré igualmente.
—¿Con el juramento y la forma que yo indique?
—SÃ: ¿todo se reduce a eso?