JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —De modo que traeréis a mi lado una mujer mercenaria a quien diréis que se halla aquà una loca, una pobre enferma y condenada a morir, añadiéndole: «Enciérrate con esa loca, sacrifÃcate, y te pagaré una vez que la loca haya muerto».
—¡Oh! Lorenza, Lorenza —murmuró Balsamo.
—No, me equivoco, no es esto —prosiguió Lorenza con ironÃa—; he adivinado mal, pero ¿qué queréis? ¡Soy tan ignorante! ¡Tengo tan poca experiencia del mundo y del corazón de las gentes! Vamos, vamos, lo que diréis a esa mujer es: «Cuidado con esa loca, que es terrible; dime todo lo que haga, todo lo que piense; espÃa su vida, espÃa su sueño». Y le daréis todo el oro que desee, porque nada os cuesta el adquirirlo, porque lo hacéis.
—Lorenza, no creas asÃ; por Dios, juzga mejor mi corazón. Ofreciéndote una compañera, amiga mÃa, comprometo intereses tan grandes, que te estremecerÃas si no me aborrecieras… ¡darte una compañera!, te lo repito, es arriesgar mi seguridad, mi libertad, mi vida; pero no obstante, todo esto lo arriesgo por evitarte un fastidio.
—¡Fastidio! —exclamó Lorenza con risa salvaje—. ¡Pues no llama a esto fastidio!