JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pues bien, le llamaré dolor; sÃ, tienes razón, Lorenza, es un dolor muy agudo; pero ya te he dicho que tengas paciencia, que ya llegará un dÃa en que ese dolor terminará; y llegará un dÃa en que seas libre y dichosa.
—Vamos —dijo la joven—, ¿me concedéis que me retire a un convento y profesaré?
—¡A un convento!
—SÃ, allà pediré a Dios por los dos. Es cierto que estaré encerrada lo mismo, pero tendré un jardÃn, aire, espacio, y un cementerio para pasearme entre los sepulcros buscando de antemano el lugar donde se ha de colocar el mÃo. Además tendré compañeras que serán desgraciadas por su propio infortunio y no por el mÃo. Permitidme que me retire a un convento, y os prestaré todos los juramentos que queráis. Un convento, Balsamo, un convento, os lo ruego con las manos cruzadas.
No podemos separarnos, estamos indisolublemente ligados, Lorenza.
—¿Con que no consentÃs? —dijo abatida.
—No puedo.
—¿Vuestra determinación es irrevocable?
—SÃ, Lorenza.
—Pues bien, otra cosa —dijo sonriéndose.
—¡Oh!, mi buena Lorenza, sonrÃete siempre asÃ, y lograrás que haga cuanto desees.