JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Los ojos le quedaron abiertos; pero el fuego que despedían fue apagándose por grados hasta que se cerraron. El cuello, que estaba crispado, se aflojó; la cabeza se inclinó sobre el hombro, como la de un pájaro herido, y un estremecimiento nervioso agitó todo su cuerpo; signos todos que manifestaban que Lorenza estaba dormida.
Balsamo la desabrochó el vestido, y sondeó su herida, que le pareció leve; pero no obstante la sangre salía de ella en abundancia.
Balsamo empujó el ojo de león, giró el resorte, y la plancha se abrió; al momento, quitando el contrapeso que hacía bajar la trampa de Althotas, se puso sobre dicha trampa y subió al laboratorio del viejo.
—¡Ah!, ¿eres tú, Acharat? —dijo este que, como siempre, estaba sentado en su sillón—, ya sabes que dentro de ocho días cumplo cien años, y que de aquí a allá me es necesaria la sangre de un niño o de una virgen.
Pero el discípulo, sin atenderle, corrió al armario en que se hallaban los bálsamos mágicos, cogió una de las redomas, cuya eficacia había probado muchas veces, se volvió a colocar en la trampa, dio una patada y bajó de nuevo.
Althotas empujó su sillón hasta el orificio de la trampa, con intención de cogerle el vestido, y le dijo: