JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿No me oyes, desgraciado? Si de aquà a ocho dÃas no tengo un niño o una mujer que esté virgen para acabar mi elixir, me muero.
Balsamo se volvió fijándose en los ojos del anciano, los cuales chispeaban en medio de su rostro con los músculos inmóviles, pudiéndose asegurar que aquellos ojos eran los únicos que vivÃan.
—SÃ, sà —respondió Balsamo—, no tengas cuidado, que se te dará lo que necesitas.
Luego, soltando el resorte, hizo que subiese la plancha, la cual fue a igualarse con el techo.
Hecho esto, corrió al gabinete de Lorenza, y apenas habÃa entrado en él, cuando resonó la campanilla de Fritz.
—M. de Richelieu —repuso Balsamo—; ¡oh!, aunque sea duque y par, tendrá que aguardar a fe mÃa.