JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Andrea se extrañó al ver tanta analogía entre las palabras de Richelieu y las que hacía algunos días pronunciaba el barón de Taverney.

Richelieu se lanzó seguidamente en una teoría de la virtud, teoría tan chispeante, tan pagana, tan francesa, que la señorita de Taverney se vio obligada a convenir en que ella no era en modo alguno virtuosa con arreglo a las teorías de M. de Richelieu; y que la verdadera virtud, a juzgar por lo que decía el mariscal, era la de madame de Châteauroux, la señorita de La Vallière y la señorita de Fosseuse.

De deducción en deducción, de prueba en prueba, Richelieu llegó a hablar tan claro que Andrea no entendió una palabra.

La conversación versó sobre este tema hasta las siete de la noche, hora en que el duque se despidió para ir a Versalles a hacer la corte al Rey.

Al ir y venir por el gabinete para coger el sombrero, se encontró con Nicolasa, quien siempre tenía que hacer alguna cosa donde estaba M. de Richelieu.

—Chica —le dijo este tocándole el hombro—, acompáñame, porque deseo que me lleves un ramillete que madame de Noailles ha mandado coger en los jardines, para remitirlo a la señora condesa de Egmont.

Nicolasa se inclinó como las alemanas de las óperas cómicas de Rousseau.


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