JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Esta manifestó que se hallaba libre de todo servicio acerca de la delfina, pues Su Alteza Real recibía dos princesas alemanas parientas suyas, y para disponer de algunas horas de libertad que le recordaran la corte de Viena, María Antonieta no había querido retener a su lado a ninguno de la servidumbre, ni siquiera a su camarera mayor, lo que había estremecido de tal manera a madame de Noailles, que había ido a echarse a los pies del Rey.

El barón dijo que estaba en extremo complacido al ver que podía hablar libremente con Andrea de tantas cosas como interesaban a su fortuna y fama, y al oír Richelieu esta observación, expresó su deseo de retirarse para dejar al padre y la hija en mayor intimidad; pero la señorita de Taverney, no convino en ello y Richelieu se estuvo quieto.

El duque la tomó con la moralidad, y pintó con mucha elocuencia la desgracia en que había caído la nobleza de Francia obligada a soportar el ignominioso yugo de advenedizas cortesanas en vez de tener que incensar a las favoritas de otra época, casi tan nobles como sus augustos amantes, a esas mujeres que reinaban en el ánimo del príncipe por su hermosura y su amor, y en el de los súbditos por su nacimiento, su espíritu y su patriotismo leal y puro.


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