JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Así llegó a la meseta de la escalera, rozó con el traje el sitio donde se había ocultado Gilberto, y continuó su camino.
Con la seguridad de no ser sorprendido por estar todos los de la casa encerrados en sus aposentos, nuestro joven hizo un poderoso esfuerzo, y siguió a Andrea andando de puntillas y acomodando sus pasos al de aquella, para que no lo oyese.
Juntos atravesaron la antesala; pero Gilberto, con el corazón partido, se detuvo en la puerta mientras Andrea volvió a sentarse junto a su clave, sobre el cual continuaba encendida la bujía.
Heríase Gilberto el pecho con sus uñas, recordando que en aquel mismo sitio y una hora antes besara la mano de aquella joven sin que se disgustase, y que allí había esperado ser feliz. La indulgencia de Andrea dimanaba sin duda de esa escéptica corrupción, tal como Gilberto había leído en las novelas de la biblioteca del barón, o de algunas de esas desilusiones de los sentidos, semejante a las que él había visto analizadas en algunos tratados de fisiología.
—¡Ah! —exclamó luchando entre ambos pensamientos— puesto que el ángel levanta su túnica virginal, puesto que arroja al viento su pureza y candor, yo también disfrutaré algún pedazo de su virtud, yo también exploraré su corrupción, y me aprovecharé como todos del error de sus sentidos.