JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Gilbert llamaba siempre en auxilio de su imaginación, un segundo impulso más pernicioso que el primero, y era la reflexión. Reunió todos los argumentos de los espíritus fuertes contra las sombras, y el artículo Espectros del Diccionario filosófico, le animó aumentando su terror con mayores fundamentos.
Si algo había visto, debía ser persona viva, e interesada en espiarle.
Por una parte le mostraban sus temores a M. de Taverney, y su conciencia, por otra, le dictaba el nombre de otra persona.
Alzó los ojos hacia la boardilla de Nicolasa, y no pudo descubrir claridad alguna al través de los cristales, pues ya hemos dicho que había apagado la bujía.
Profundo silencio reinaba en toda la casa, a excepción del cuarto del forastero. Miró y escuchó atentamente, y no sintiendo nada, volvió a apoderarse de su escalera, convencido ya de que no tendría sus ojos turbados como los de un hombre a quien el miedo hace palpitar el corazón apresurado, y que aquella visión sería más bien, efecto de una intermitencia de su facultad perceptiva, que la consecuencia de su ejercicio.
Cuando apoyaba la escalera en la pared y puso el pie en el primer escalón, la puerta de Balsamo se abrió, para dar salida a Andrea, que descendió a oscuras y silenciosamente, como si un poder sobrenatural guiase y sostuviese sus pasos.