JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Creyó ver en la oscuridad una sombra que cruzó el fondo oscuro que trazaba la puerta del todo abierta, tan rápida y silenciosa, que más parecÃa la de un espectro que la de un viviente.
Abandonó la escalera, y se dirigió hacia el castillo, dándole fuertes latidos el corazón.
Existen ciertas imaginaciones supersticiosas por precisión; y de ordinario las mejor dotadas y más exaltadas, aceptan la ficción con más facilidad que lo verdadero, encontrando lo natural demasiado común, se dejan siempre dominar por su instinto hacia lo imposible, o al menos hacia lo ideal.
Esta es la razón porque se apasionan de algún bosque sombrÃo, pensando hallar cavernas tenebrosas, pobladas de espÃritus y fantasmas. Los antiguos, esos célebres poetas, soñaban con ellas en pleno dÃa, con la diferencia de que su sol, foco de luz incandescente, del cual sólo nos quedan los reflejos, ahuyentaba la idea de las larvas y fantasmas, representando en su lugar las risueñas DrÃadas y las ligeras Oréades.
Nacido Gilberto en un paÃs nebuloso donde las ideas son más lúgubres, imaginóse que pasaba una visión, y esta vez, a pesar de su incredulidad, todo cuanto le habÃa dicho aquella joven al huir de Balsamo, se presentó en su mente. ¿No podÃa aquel hechicero invocar un fantasma, teniendo, como lo habÃa probado, la facultad de arrastrar al mal, al ángel mismo de la pureza?