JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Luego, a fin de no despertar la atención de los vecinos, bajó la escalera que conducía al jardín, de puntillas, dio un brinco al otro lado de la galería, y corrió hacia la verja en busca de M. de Beausire.
Gilberto no había dejado su observatorio, pues, como oyó decir a Nicolasa que regresaría dentro de dos horas, estaba esperando. Sin embargo, viendo que habían transcurrido diez minutos más de la hora señalada temió que no volviese.
De repente la vio correr como si la persiguieran.
Nicolasa se acercó a la verja, dio la llave a Beausire por entre los barrotes, este abrió la puerta, Nicolasa se lanzó de la parte de afuera, y la verja cerróse de nuevo rechinando pesadamente.
El exento tiró la llave entre las hierbas del foso, precisamente por debajo del sitio en que se hallaba Gilberto, quien oyó el ruido apagado que produjo al caer, y reparó donde había caído.
En tanto, Nicolasa y Beausire iban ganando terreno, y Gilberto los oía alejarse hasta que distinguió bien pronto, no el ruido de una carroza como había pedido Nicolasa, sino las pisadas de un caballo que, al cabo de algunos momentos invertidos seguramente en reconvenciones por parte de Nicolasa, quien quería salir en carroza como una duquesa, golpeó la tierra con sus herrados pies, extinguiéndose el ruido en el silencio de la noche.
Gilberto respiró.