JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Siguió efectivamente a Nicolasa, quien le hizo entrar en el jardÃn teniendo cuidado de cerrar muy bien la puerta.
—Pero mira que la señorita se irá a su cuarto; y te llamará para que la ayudes a acostarse, y no podrás oÃrla.
—Te engañas si crees que estoy ahora para pensar en eso. Me importa muy poco que me llame o no me llame; lo que quiero es hablar contigo.
—Mujer, hablaremos mañana. Bien sabes que la señorita es muy severa y que…
—¡Eso faltaba!, ¡y conmigo!, ¡que venga…!
—Nicolasa; te juro que mañana…
—¡No me vengas con mañana!, ¡buenas promesas tienes para que una confÃe! ¿No quedamos en que me esperarÃas a las seis cerca de la Casa-Roja? ¿Y dónde estabas a esa hora?, di. ¿No fuiste tú quién trajo a ese forastero?, quien se fÃe de tus palabras… ¡vaya…!, tanto caso hago de ellas, como de las del rector del convento de la Anunciada, que, obligado a guardar el secreto de la confesión, le falta tiempo para revelar nuestros pecados a la superiora.
—Nicolasa, si se enteran, te despedirán.
—¿Y a ti no te despedirán también? ¡Ya!, como eres el galán de la señorita… el barón se asustará tal vez.